Cuentos en Alquimia

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla” Gabriel García Márquez

Un muerto cada tres segundos – (c) Enrique Páez, 2010

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Nada más dar el primer sorbo al café con espuma de nata recién servido por la camarera venezolana, supe que tres niños acababan de morir de hambre en Etiopía, uno más en el desierto de Mauritania y otro más en un suburbio de Calcuta. La conciencia de esas muertes me quemó los labios. ¿Qué tipo de café me habían puesto en la taza de porcelana? Miré a mi alrededor sorprendido, pero los clientes del resto de las mesas seguían conversando sin angustia del nuevo corte de pelo de Ainhoa, y las ventajas de usar la plataforma-Vibro 1000. Las madres de los niños recién muertos a más de diez mil kilómetros de distancia empezaron a llorar con un gemido ensordecedor, y su rabia me llegó con total claridad a mis oídos. Contuve la respiración y miré al horizonte. El sol se ahogaba en el mar, y el valle de la Orotava sangraba lágrimas de luz por las cañadas del Teide. Traté de tranquilizarme razonando que quizá solo fueran las farolas y las luces de las casas recién prendidas. Pudiera ser, pero en esos breves segundos supe con certeza que habían muerto setenta nuevos niños con el estómago reventado de aire y hambre. Un escalofrío me recorrió la espalda. Quise llamar a la camarera, pero la voz no me llegaba a la boca. Comencé a llorar, en silencio, sin que nadie se diera cuenta. El café se me quedó frío. Empecé a cronometrar, y calculé que cada tres segundos había un nuevo muerto de hambre. Podía ver todas sus caras cadavéricas. 
Cinco minutos y cien muertos después la camarera venezolana se acercó y me preguntó si no me gustaba el café, y si no pensaba siquiera probar la tarta de frambuesa que me había servido en la misma bandeja. En el tiempo que tardé en mirar el trozo de tarta, dos niñas dejaron de respirar en Ghana. Me entraron arcadas, y estuve a punto de vomitar la tarta que aún no había probado. Dejé cinco euros sobre la mesa y apretando los labios salí tambaleándome del Café Vista Paraíso. Vomité sobre la acera mientras otros cinco niños paralizaban sus latidos minúsculos en brazos de sus madres en el centro de África. No pude contar los muertos que me siguieron hasta casa. Solo esa noche murieron diez mil más. Y al día siguiente treinta mil más. Y treinta mil al otro. Todos murieron de hambre. Y así todos los días. No sé qué pasa, pero no me acostumbro. Voy a ponerle una denuncia al Café y a la camarera. Ya no lo soporto más.

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Written by Cuentos en Alquimia

19 mayo, 2012 a 18:34

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